Baile para tres

Baile para tres

Baile para tres 1004 669 Javier González Alcocer

Mi relato Baile para tres ha sido seleccionado como Relato del mes de marzo por la editorial infinity_ideas_studio

BAILE PARA TRES, Javier González Alcocer

Bailamos con un lento movimiento, una cadencia que marco deslizando mis pies con la parsimonia que otorga el equilibrio, la serenidad y el amor. Aspiro el aroma que desprende su cuerpo desnudo, mezcla del jabón de baño con el olor de su piel. Su cabecita contra mi hombro, que sujeto con delicadeza para no inquietarlo. Repaso su delicado cuerpecillo, mientras que prosigo con el compás de mi danza: las pequeñas manos, que se cierran como queriendo atrapar sus primeros sueños; las piernas, endebles todavía para caminar por un mundo cuajado de amargas sorpresas; el rostro, en el que se dibujan la ínfima nariz, la exigua barbilla, los mofletes que tantas veces he surcado de besos; el cabello oscuro, donde ya se enredan los remolinos heredados.

Hago un alto en el cariñoso escrutinio, levanto la mirada al techo de la habitación, que hace pocos meses, con alegría, pintamos de azul mi esposo y yo. Intento evitar las lágrimas que luchan por brotar en mis ojos, aprieto los labios buscando que mis manos no trasmitan tensión al cuerpecito que sostengo.

Logro volver a poner mis pupilas sobre mi hijito, el esfuerzo para ser capaz de ver y no gritar me reclama más energías de las que tengo; aun así, ¡me obligo! Un ligero temblor arrasa mi cuerpo, noto cómo mis piernas dudan en el siguiente paso de baile, pero logro darlo, no quiero romper la suave armonía de la danza. Por fin soy capaz de mirar sin pestañear, mi mente se conjuga con mi cuerpo para restablecer la serenidad, después de admitir que no puedo negar la evidencia.

Escucho los sosegados pasos que se acercan, la puerta entornada se abre, empujada con cuidado por la mano de mi marido. Puedo imaginarla acariciando mi rostro, deslizándose por mi cuerpo, sujetando la mía para después besarla. Avanza hacia nosotros para unirse, en un lánguido abrazo, al calmoso baile. Formamos un trío de paz del que los primeros juguetes, la ropita de bebé, la cuna y una lámpara de la que cuelgan toda clase animales son espectadores silenciosos.

Miro a mi amado esposo, mis resecos labios insinúan una sonrisa de escasa fuerza, sé que si mantengo allí la mirada, no ocurrirá nada, todo seguirá como en ese momento: un tranquilo baile para tres. Pero mis ojos son rebeldes y me obligan a ver.

En mi mano izquierda noto la tibieza de la piel de mi bebé, en mi mano derecha siento el calor, la textura espesa de la sangre; años de enfermería me han enseñado dónde hundir un bisturí.

Mientras mi esposo cae al suelo, rota para siempre nuestra danza, mis ojos se niegan a mirar cómo se le va la vida. Los cierro mientras mis labios buscan los bracitos de mi niño, que beso con dulzura; los cierro mientras una lágrima sediciosa escapa de mis pupilas, sintiendo en mi cuerpo los moratones, las abrasiones, el dolor que le causaron quien ahora yace a nuestros pies.

Detengo el baile tiempo después, cuando los ojitos de mi hijo se abren y sus labios me sonríen.

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