Me han preguntado en varias ocasiones de dónde surgen las historias que cuento; siempre respondo que tengo mucha imaginación, lo cual es cierto. Pero mi capacidad de inventar relatos se apoya en lo cotidiano, es decir, en observar lo que tengo alrededor: las calles, los parques, los edificios y por supuesto, las personas.

Ver a alguien y ponerle una existencia: ¿dónde vive? ¿en qué trabaja? Y continuar sopesando asuntos como ¿qué secretos tiene? ¿podría ser un monstruo o un ángel? ¿o quizá será una víctima?

Todo esto conlleva que la imaginación trabaje, creando posibles historias; muchas se descartan, pero otras anidan y crecen, unas para convertirse en relatos cortos, otras en microteatros, y algunas pasan a ser novelas.

Un paseo por la calle, un viaje en metro, un recorrido en autobús, para mí son sitios perfectos en los que encontrar el inicio de una nueva y oscura historia.