Desde su observatorio particular en Lamucca, Benjamín se sorprende por la declaración de una joven, y por algo quizá más inquietante…

La joven del teléfono y una pareja en acción.

Voy a contarles lo ocurrido tras mi salida de Lamucca en pos de la mujer de la melena castaña y el hombre que la acompañaba, de gesto ceñudo y rostro sin afeitar. El relato recorre las cuarenta y ocho horas siguientes, aunque me ha parecido un tiempo bastante más largo.

Después de abandonar el local precipitadamente, mis ojos buscaron con premura al dueto; los localicé subiendo por la calle Prado, hacia la Plaza Santa Ana. Caminé deprisa hasta situarme a una distancia prudencial que me permitiera estar al tanto de sus acciones, procurando pasar inadvertido.

Sus intenciones me quedaron claras al entrar, detrás de ellos, en un local situado en la esquina derecha de la plaza; acodado en la barra, manteniéndome lo más invisible posible, apantallado tras un muchacho de elevada estatura, vislumbré cómo la mujer enseñaba la fotografía de Víctor al personal que trabajaba allí. Sería faltar a la verdad no decir que tasé con satisfacción que los pantalones negros que vestía ella le quedaban perfectamente, y que el jersey beige se le ajustaba dejándome bien claro que escondía unas formas más que interesantes. La actitud del tipo, que vestía vaqueros, camisa a cuadros y chaqueta de cuero, me mantenía en tensión; controlaba todo el interior del local deslizando su mirada con la paciencia de aquel que sabe buscar, deteniéndose el segundo necesario en cada rostro para saber quién era su objetivo.

Me incrusté contra la espalda del muchacho, y giré mi rostro hacia el interior de la barra, cuando vi claro que se encaminaban a la salida; no sabía si mi acción evitaría que mi presencia quedara archivada en la memoria del tipo sin afeitar.

Continué tras ellos visitando diferentes locales, yo como la sombra omnipresente de un día de sol eterno. La caña que pedía la dejaba a medias o sin tocar; los dos margaritas que llevaba en el cuerpo no me permitían más excesos si deseaba mantenerme casi en plenitud de facultades. En varias ocasiones sentí que los ojos del hombre ya me tenían bien ajustado en su retina, pero en ningún momento se dirigieron a mí; eso me hacía dudar.

Fue a la salida de uno de los bares cuando les perdí, se esfumaron con una precisión relojera; cuando quise darme cuenta y reparar en el hecho de que no los veía, me quedé perplejo. Anduve por diferentes locales y empleé más de una hora en intentar encontrarlos; todo resultó infructuoso. Al llegar a mi casa, desvestirme y meterme en la cama fue cuestión de minutos, aunque alejar de mi mente a la mujer de la melena me llevó bastante más tiempo. Solo el sueño pudo interponerse en mis fantasías sobre su fisonomía; una erección comenzaba a adueñarse de mi parte más sensible.

La mañana siguiente la pasé, entre otras cosas, comprobando si alguna de mis fuentes de información, tan diversas como dispares, tenía alguna noticia sobre el tal Víctor. La bandeja de entrada de mi ordenador, respecto a ese asunto, estaba vacía, pero no me desanimé, todavía era poco el tiempo transcurrido desde que difundí la información.

Hice algo de discreto deporte por la tarde, para mantenerme en un razonable buen estado físico, y la noche me llevó de nuevo por Lamucca. Era jueves, la clientela ocupaba la mayoría de las mesas, pero mi atalaya estaba libre. Esteban se me acercó en cuanto acomodó a un trío de mujeres cerca de un grupo de maduros solitarios; no sé si lo hizo con alguna intención.

—Buenas noches, Benjamín —me tendió su mano, como siempre un apretón firme—, te recuerdo que todavía me tienes que comentar el numerito del tropezón que montaste el otro día.

—Buenas, Esteban —le puse mi mejor cara de sorpresa, aunque fui explícito en mis siguientes palabras—, si después tienes un rato, te lo explico.

—Cuento con ello —dijo mientras volvía a sus quehaceres, junto a la puerta ya había clientes esperándolo.

Ya antes de sentarme localicé un par de casos que me llamaron la atención: una chica joven, menos de veinticinco años, sola, disfrutando de un combinado que supuse era gintonic. Blusa con escote bajo una chaqueta fina, aunque la noche aconsejaba algo más de abrigo. La mirada a sus piernas se encontró con una falda muy corta, y con los tacones de sus zapatos, que eran escandalosos. No paraba de atender a su teléfono móvil y de sonreír despreocupadamente.

Cerca de la barra, junto a la ventana, había una pareja, ambos de esas personas cuyos rostros no quedan en la memoria. Bebían copas de vino que el camarero volvía a llenar justo en ese momento. Lo que más me sorprendió fue que ella lo atrajo hacia su boca con una poderosa mano en la nuca de él, parecía que lo iba a absorber. Necesitaba de inmediato un margarita.

Me centré en los esfuerzos de la mujer por arrimarse cada vez más al hombre y aposté a que se trataba de la primera cita. Los indicios eran evidentes: besos por doquier, confesiones al oído, manos que cada vez se volvían más insistentes. Él no se mostraba en absoluto reticente, muy al contrario, al transcurrir la velada no guardaba ningún pudor en buscar cada vez lugares más provocativos en la anatomía de ella.

La chica del teléfono no cejaba en usarlo; acompañaba lo que a mí me parecía envío de mensajes con tragos a su cóctel y muecas en su rostro, que a veces eran amagos de sonrisas y otras de falta de entendimiento ante la respuesta recibida. Me incliné a pensar que estaba eligiendo con quien pasar el resto de la noche entre una corte de admiradores, ¿cuánto iba a durar aquella diéresis? Era algo inimaginable; tal vez, supuse, sería audaz y citase a varios en Lamucca. Sonreí para mis adentros, eso sí que sería divertido.

Posaba el escaso resto de mi margarita cuando observé cómo, tras leer algo en la pantalla, levantó su mirada del móvil y realizó una discreta observación de la sala; su mirada, por unos segundos, se detuvo, y yo dirigí la mía en la misma dirección.

Moreno, de pelo largo, bien parecido y edad similar a la de ella, se encontraba en un grupo con otros chicos y chicas. Realicé el movimiento inverso para comprobar que ella lo tenía entre sus ojos; llegué a tiempo, pues dos segundos después tecleaba de nuevo en su teléfono.

Me olvidé, aunque parezca extraño, de mi margarita y me centré en la muchacha. Localicé a un segundo objetivo sentado con tres amigos: rubio, de rostro algo bobalicón, pero de alguna manera guapo, parecía inquieto mirando su teléfono.

El tercero estaba solo, rubio también, la prepotencia se marcaba hasta en la forma de coger la copa, aunque contestaba cada mensaje ansiando que no fuese el último. Innegable que era atractivo.

El cuarto y último estaba cerca de mí con dos amigos. Alto, de rostro simpático y con una copa de más, enseñaba cada mensaje recibido a sus colegas, y entre todos planeaban la siguiente respuesta.

No se crean que mi labor de investigación fue cosa de minutos, requerí una buena dosis de concentración y algo más de mi cóctel preferido, para ser exacto un margarita completo más. Llegué a dos conclusiones: una, que los cuatro tenían en común que eran atractivos, incluso desde algún patrón guapos; y dos, que eran un poco soplagaitas, esto teniendo en cuenta mi sentido de la percepción.

Entre tanto, la pareja de la barra se hallaba en ese punto en el que hay que pasar a mayores, o cada cual se va por su lado. El hombre le hizo una seña a Calisto, el camarero más antiguo de Lamucca, este entendió el gesto universal de frotarse el pulgar con el índice, y fue raudo a por la cuenta.

Mis ojos volaban de uno a otro de los cuatro jóvenes con los que la chica mantenía mensajes, constantemente consultaban sus teléfonos, y juraría que se estaban poniendo nerviosos. Los que permanecían sentados daban la impresión de ir a ponerse en pie. Escuché los comentarios del más próximo a mí:

—Dice que quedemos ahora —declaró a sus acompañantes, una gota de sudor le resbalaba por la frente, no sé si debido al alcohol que llevaba de más o a la emoción del próximo encuentro.

—Después de los mensajitos que te ha escrito, ya puedes ir —le contestó uno de sus amigos—, esa tía está muy cachonda, menuda golfa tiene que ser.

El otro le animó en términos semejantes y yo me pregunté qué podía ver una muchacha de tan buen ver en semejante tipo, que aunque era bien parecido, a todas luces era lo más parecido a un baboso.

La pareja había pagado y más amarrados que una vela de barco en día de galerna, abandonaban el local, el espectáculo que habían dado era digno de una cerrada ovación. A mí, entre dientes, se me escapó un “que lo disfruten”, y levanté mi copa en un figurado brindis. Pensé en seguirlos y de esa manera recabar algo más de información, si como suponía acababan en la casa de alguno de los dos. No se sorprendan, lectores, en alguna ocasión lo he hecho y las cosas averiguadas a posteriori han sido sorprendentes. Pero en esta ocasión, el desenlace de cuál sería el elegido por la muchacha del teléfono me mantuvo clavado en mi atalaya.

Todo se desarrolló de manera rápida, en dos segundos la muchacha se plantó encima de una mesa sobre sus increíbles tacones, dio un par de fuertes palmadas y gritó:

—¡Atención!

Tuvo el efecto se sumir a los clientes en un silencio que se extendió con rapidez por el local. Esteban, rápido, corrió junto a la mesa en la que, como una diosa en un pedestal, estaba la muchacha.

—Bájese de ahí, señorita, por favor —el tono no fue brusco, muy al contrario, educado y correcto.

Ella lo miró, amagó una sonrisa y contestó:

—Tranquilo, en unos minutos no volverá a verme.

Calisto, Paco y Rebeca, otra de las camareras, se acercaron para echar una mano a Esteban; todos quedaron quietos cuando la muchacha dijo:

—¡Vais a quedar impresionados!

La blusa y la minifalda cayeron de su cuerpo con inusitada rapidez, sólo la cubría una fina chaqueta que, entreabierta, dejaba ver unos senos perfectamente colocados y un tanga que, como bien entenderán mis lectores, permitía observar el maravilloso cuerpo del que estaba dotado aquella jovencita. Un tumulto de voces y silbidos inundaron Lamucca, procedentes de todos los varones que la ocupaban, o por lo menos de los que iban sin pareja; los acompañados por féminas se los guardarían para sus adentros.

Esteban, entre incrédulo y estupefacto, no sabía qué hacer: deduzco que como hombre, y lo entiendo, estada impresionado por la anatomía de la muchacha, pero como jefe de sala, la situación se le podía escapar de las manos, lo leí en sus ojos. Ya me levantaba cuando vi a un hombre, al que conozco de otras ocasiones, se llama Javier, que se acercaba apartando a la gente.

—Baje, por favor —su tono modulado, la franqueza de su mirada, y el gesto de tenderle a la muchacha su mano fueron actos de una persona que sabe lo que hace.

La joven, impertérrita, demandó:

—Solo un minuto más.

El tal Javier levantó su dedo índice y le advirtió:

—Solo uno —no admitía contraofertas la aceptación del trato.

—Sé que soy una mujer con un cuerpo espectacular —la muchacha hablaba con una voz bien audible desde toda la sala, pero sin chillar; dejé de mirarle el cuerpo y presté máxima atención a sus palabras—, y tengo un rostro atractivo. Pero no nací así, antes era justo lo contrario —las pocas voces que todavía se oían enmudecieron—. Gracias a la cirugía ahora tengo una fisonomía que los hombres anhelan —sus ojos recorrieron la sala, parándose unos segundos en los rostros de aquellos cuatro tipos con los que había intercambiado mensajes—. Hay hoy en este local cuatro indeseables —calló un momento y sus facciones se crisparon, señaló con el dedo a cada uno de ellos— que me trataron como a una apestada en los años de instituto: se rieron de mí, me ridiculizaron, incluso una noche se divirtieron acorralándome en un vestuario, obligándome a desnudarme y hacerme posar desnuda —se mantenía un mutismo sepulcral en la sala—, después hicieron correr las fotografías por todo el instituto. ¡Imbéciles! Hoy pensabais que habíais ligado, y menudo polvo ibais a echar. ¡Mirad la mujer que soy! Porque esto que tanto os gusta —arqueó su cuerpo hacia adelante— jamás será vuestro.

No dijo más, se ayudó de la mano de Javier para descender de la mesa y se vistió con la misma rapidez con la que antes su ropa había caído de su cuerpo. En Lamucca todo el mundo continuaba callado.

Escoltada por Esteban y por este hombre, Javier, que durante un momento miró a una mujer que estaba de pie, a la que hizo un significativo gesto para que aguardara, la joven abandonó el local. No quedaba rastro del papel de muchacha despreocupada y sonriente mientras usaba su móvil; ahora mostraba el gesto serio, los ojos perdidos, quizás todavía en aquella horrible sesión fotográfica. Pero salió erguida, con la cabeza bien alta, quise creer que al final los había ganado. Observé cierto detalle: Javier le entregó una tarjeta e intercambió durante unos segundos unas palabras con ella.

Los hechos siguientes me hicieron meditar sobre la personalidad de Javier, ¿quién era este tipo? Siempre escoltado por Esteban, reunió a los cuatro tipos en un corrillo junto a la ventana donde antes estuviera la apasionada pareja. Los mantuvo allí unos minutos y luego los dejó ir. El rostro de todos ellos era de humillación con dosis de susto, un abucheo general por parte de toda la clientela fue su despedida de Lamucca. Sus acompañantes partieron después, como queriendo distanciarse de semejantes sinvergüenzas.

Era temprano y decidí airearme un poco, al salir a la calle le dije a Esteban:

—Vuelvo en un rato.

Me cogieron desprevenido: ella se plantó frente a mí y sentí otra presencia a mi espalda. Escuché la voz de la mujer, llena de esa suavidad que ya había escuchado antes:

—Tiene una pistola apuntando a sus riñones, así que vamos a dar un paseo y a charlar sin que haya que hacer uso del arma.

Les juro que no hacía falta que me apuntaran para irme con María; más tarde supe su nombre, aunque ella eso lo desconocía.

Madrid, Diciembre 2013