Un mal día en el que la lucha por la supervivencia en un lugar extraño, al que la protagonista de este relato ni siquiera sabe cómo ha llegado, se convierte en el único propósito, dejando que la desesperación y la rabia ante lo desconocido dominen todas las decisiones.

Un mal día

Se arrimó a la pared cuanto pudo, sentía en su cuerpo el frío de los bloques de hormigón con los que estaba construida; muy despacio asomó su cara para poder ver todo el patio. Con la mirada recorrió la pequeña explanada, pero no, no la vio. Realizó otro recorrido rápido con sus penetrantes ojos marrones para asegurarse una vez más, pero allí no estaba; dejó escapar un suspiro y sin despegarse de la pared, se dio la vuelta. Lentamente y con pasos precavidos, se dirigió hacia la primera puerta, tan solo tendría que recorrer apenas diez metros; su cuerpo y su mente eran pura tensión, no en vano se estaba jugando la vida, y no tenía más que una.

Unos pocos segundos le llevó andar la pequeña distancia, pero el tiempo en esta situación era algo totalmente secundario; lo importante, lo que de verdad decidiría vivir o morir, sería el ser capaz de sorprenderla, de cogerla totalmente desprevenida, y eso no iba a resultar nada fácil.

Durante unos momentos se quedó parada, totalmente inmóvil, intentaba escuchar y distinguir entre el jaleo reinante su inconfundible timbre, agudo y estridente, antes de asomarse al interior del habitáculo. Se pegó aún más al hormigón gris y lentamente ojeó dentro; no vio nada. Se cruzó con algunas miradas que habían reparado en su presencia, pero le resultaron tan indiferentes como la suya a aquellas que durante unos segundos la habían observado.

Giró la cabeza bruscamente, su cuerpo se tensó como una cuerda de piano al sentir ruido de pisadas acercándose, durante un momento se había despistado y eso podría suponer la muerte, pero tan solo eran otras dos de paseo. Pasaron junto a ella sin prestarle ninguna atención, las siguió con la mirada mientras las veía entrar por la siguiente puerta; era hacia donde ella se dirigía.

Antes de seguir con su búsqueda, sopesó la posibilidad de resguardarse durante unos momentos en el habitáculo. Estaba cansada y el calor, que durante el día había sido intenso, le estaba pasando factura. La noche anterior tampoco pudo descansar, la marcha a través de parajes totalmente desconocidos le había hecho mantenerse alerta constantemente, aunque no fue capaz de localizarlos. Agotada de caminar, al llegar a aquel lugar lo primero que tuvo fue una gran bronca con aquella loca. Consiguió escapar cuando intervinieron los guardas, pero la otra había jurado matarla a la primera oportunidad, y no tenía ninguna intención de dársela; antes acabaría con ella. Sentía la boca seca, tenía que beber; bebería y se daría unos momentos de descanso, luego acabaría con aquella bestia… o moriría en el intento.

Abrió los ojos de golpe y automáticamente se puso en pie. El corazón se le había acelerado ante la posibilidad de que la estuviera esperando, tal vez se había quedado adormecida, pero ¿cuánto tiempo? Tan solo había cerrado los ojos un segundo. Miró hacia el sol, que parecía que no se hubiese movido desde la última vez que lo vio. Su sueño tan solo había durado unos segundos, la tensión no le había permitido caer dormida profundamente. “Menos mal”, se dijo.

Dio un trago más de agua y se encaminó hacia la puerta, miró a ambos lados antes de salir, comprobando que no había nadie. Lentamente echó a andar hacia el siguiente habitáculo, sentía sobre su piel el calor. Alto en el cielo, el sol imponía con su habitual tiranía veraniega temperaturas casi insoportables, pero eso ahora no le preocupaba en absoluto, su verdadero problema se podía encontrar poco más adelante.

Midió los pasos ante la llegada de la siguiente abertura, ralentizó sus movimientos e intentó amortiguar el sonido de sus pasos, ya de por sí silenciosos. Se paró justo en el borde donde empezaba la entrada. Se tomó unos segundos y miró una vez más hacia atrás para asegurarse de que no la sorprenderían por la espalda. Seguidamente prestó atención a los sonidos provenientes del interior de aquella estancia.

No se oían muchos ruidos, aunque aguzó su oído hasta que distinguió algo que le resultaba conocido. Estuvo esperando hasta que lo volvió a escuchar, dando por cierto que no se equivocaba. Allí dentro estaba una de las del grupo de aquella loca.

Meditaba qué hacer: de alguna forma, entrar le suponía quedar atrapada en un sitio con sólo una salida; pero por otra parte, si esa se había separado del grupo y se encontraba sola, tener la oportunidad de darle una lección que no olvidaría le quitaba de encima a una contrincante a la hora de enfrentarse a la jefa.

Si efectivamente estaba fuera del grupo, se trataba de actuar con velocidad, sorprenderla antes de que diera la voz de alarma para que acudiesen sus amigas. Aunque si las otras estaban allí, debería emprender la huida con rapidez y buscar mejor ocasión. De todas formas, le extrañaba que el grupo entero estuviese dentro y sólo se escuchase una voz. Eran una panda de cuidado y nunca se oía sólo a una cuando estaban juntas; decidió arriesgarse y entrar.

La localizó en la pared izquierda y estaba sola, en ese momento daba la espalda a la entrada y a ella. Se desplazó veloz, sin hacer ningún ruido, con pasos largos que se convirtieron en una rápida carrera. Cuando la otra quiso darse cuenta, ya se había tirado encima de ella.

La ventaja que obtuvo con la sorpresa fue suficiente para reducirla sin demasiados esfuerzos. La otra dejó de intentar defenderse al verse dominada, lo que le permitió dejarle bien claro que si quería, en aquel momento podía acabar con ella. Pero no, no lo haría. A cambio, ella no interferiría en una posible contienda con su jefa, se mantendría al margen. La vencida aceptó, no le cabía otra posibilidad, y confirmó con signos inequívocos que no intervendría en una futura pelea.

Cerrado el trato, se apartó de ella y dejó que se incorporara. Se dispuso a seguir la búsqueda, no sin antes echarle una última mirada recordatoria: le había perdonado la vida y habían cerrado un trato, que no se le olvidara o volvería.

Antes de salir, miró a derecha e izquierda, no había nadie. Observó el cielo y vio que el astro rey seguía su ascensión. Sintió sobre su piel la subida de temperatura, por lo que el sombreado refugio que iba a abandonar le resultaba tentador; pero debía seguir y localizarla antes de que lo hiciera la otra, su vida estaba en juego. Ya habría tiempo de tumbarse a la sombra a descansar… si conseguía sobrevivir.

Mientras se encaminaba al siguiente portalón, a su mente acudieron imágenes de otros días calurosos, días felices de juegos y risas, de sentirse libre y fuera de peligro. Sintió una punzada de tristeza al recordar esos momentos, compartiendo con su querida familia días que parecían interminables, en los que sólo había lugar para correr, saltar y divertirse.

Los echaba tanto de menos… no entendía qué podía haber ocurrido para acabar de aquella manera. Se negaba a creer que les hubiese hecho algo malo. Los adoraba a todos, jamás les haría el menor daño; al contrario, daría la vida por ellos.

Recordaba un sobresalto al despertar y luego empezar a correr, hasta que se dio cuenta de que no sabía ni por qué ni hacia dónde corría. Desconocía por completo dónde se hallaba, la noche cerrada no le permitía ningún tipo de orientación, tan solo pudo caminar y caminar hasta que, de pronto, se quedó quieta.

Pensando en la noche anterior se había despistado y ahora estaba junto a la siguiente entrada; dentro se oía un gran jaleo. Muy lentamente empezó a asomarse al interior. Parecía el patio de un colegio, corrían gritando de un lado a otro, persiguiéndose atropelladamente, se empujaban y se chocaban entre sí. Definitivamente estaban jugando, eran como dos equipos, y ahora aquellas eran perseguidoras, ahora eran perseguidas. De vez en cuando algún empujón demasiado fuerte hacía caer a alguna de las contrincantes, pero no pasaba nada, la euforia del juego la ponía en pie inmediatamente para proseguir con la diversión.

Debían de llevar ya un buen rato porque algunas se dejaban caer al suelo exhaustas, se sentaban o se tumbaban, sonrientes y jadeantes. En sus rostros, cansados por el esfuerzo físico, se les dibujaba también una sonrisa. La sonrisa de aquellos que sabían que la felicidad en aquel lugar era algo escaso, y que de aquellos momentos les quedaban ya pocos. Por un rato, no existía nada más que la ilusión de saberse en pleno juego, de poder olvidarse de aquellas paredes y aquellas rejas, no había otra cosa que correr y chillar hasta caer rendidas de cansancio.

Ya quedaban menos jugadoras, y las que todavía corrían lo hacían con sus últimas energías. En poco tiempo estarían paradas, algunas se tumbarían juntas haciendo grupos, y otras preferirían la soledad.

Las contempló sin atención, si se detenía demasiado tiempo, en sus caras podría ver cómo las abandonaba poco a poco la alegría, y también vería cómo sus ojos, hasta hace un momento soñadores y entusiasmados, se convertirían en pequeñas rendijas en las que se filtraba la soledad, el desánimo y la oscuridad de saberse sin nada y sin nadie en esta vida. Quizás tampoco las miró demasiado porque sabía que ese sería su rostro en poco tiempo.

Sin echar la vista atrás, se encaminó hacia la esquina del edificio mientras se decía: “Haré lo que sea, pero yo no acabaré de esa manera.” Antes de llegar al final se detuvo, iba a entrar en un terreno peligroso, ya que al doblar se encontraría en campo abierto hasta llegar a la otra parte del edificio. Si la veían antes de que ella las descubriese, perdería el factor de la sorpresa, que en este caso era fundamental para intentar sobrevivir. Se decidió por cruzar corriendo el descampado, y si antes de llegar se las encontraba… mala suerte. Debía de prepararse para lo que podía ser una última pelea.

Suspiro y siguió adelante. El sol, ya en lo más alto de aquel cielo azul, calentaba con toda su fuerza; lo miró de reojo y se dijo que era un hermoso día, pasase lo que pasase.

Corrió con todas sus fuerzas, en cada zancada ponía su corazón, quizás porque cuando se corre por la vida, se corre hasta morir. En ningún momento perdió fuerza, al contrario: viendo cerca la esquina todavía sacó energía para acelerar el ritmo, para tensar cada músculo en cada zancada, para recorrer un centímetro más con aquel impulso. Esos centímetros ganados a la distancia que le separaba de la otra parte del edificio podían ser la diferencia entre vida y muerte.

Llegaba, estaba muy cerca; mientras seguía a toda velocidad pensó que le quedarían tan solo otras pocas zancadas, un esfuerzo final y lo lograría. Lo podía conseguir, si no desfallecía podría llegar sana y salva; pero no, todavía no había llegado, no podía cantar victoria hasta el último momento, la muerte se le podía poner frente a frente.

Vio la sombra y todos sus músculos actuaron de forma contraria a como lo habían hecho hasta aquel momento: se concentraron en frenar. Consiguió detenerse centímetros antes de llegar a la esquina; a pesar de la intensidad de su carrera, fue capaz de canalizar toda su energía para parar en seco y además, en posición de ser la primera en actuar, si fuese necesario.

Expectante, con todos los sentidos alerta, retuvo hasta la respiración, aunque no por ello en ningún momento dejó de observar los movimientos de la sombra. La que estuviese al otro lado no había cambiado el ritmo de sus pasos; el sol jugaba a su favor, ya que ella no proyectaba su silueta, lo que le iba a dar la ventaja de la sorpresa. Nunca se sabía qué circunstancia podía decidir la vida o la muerte, pero que fuese una sombra proyectada por un sol abrasador era ciertamente curioso.

Cuando la otra asomó la cabeza, ocurrieron dos cosas, se podría decir que a la vez: simultáneamente se miraron, detenidas las dos, cada una mostrando parcialmente parte de su cuerpo, semejando un espejo una de la otra. También al mismo tiempo, ambas fueron a decir algo, tras unos segundos en los que los ojos de una exploraban los de la otra buscando señales de amenaza, de ganas de pelea, de jugarse la vida a cara o cruz en un enfrentamiento impreciso.

Pudo ser que leer otras cosas en sus miradas, quizá cansancio, tristeza, dolor, soledad, hiciera que ninguna dijera nada. Pasaron una al lado de la otra como si aquel breve encuentro no hubiese existido, como si la coincidencia en aquella esquina bajo aquel sol abrasador no fuese más que un espejismo de un día demasiado caluroso.

Sin girar la cabeza la oyó alejarse; caminaba despacio, supuso que cansada de no ir a ninguna parte, pero ella sí tenía que ir a otra parte, y empezaba a darse cuenta de que cada vez le quedaba menos tiempo para tener una pelea en la que el final se le antojaba muy incierto.

Se pasó la lengua por los labios y los notó secos, casi agrietados. Podía haber sido la reciente carrera la que le había dejado la boca como un charco de polvo, o quizás la sequedad que sentía preludiaba el inminente encuentro; tenía muy claro que en breves momentos toda su vida podía dar un giro completo, un giro que la haría quedar tendida en el suelo en un charco de sangre… No, eso no sucedería así, no sería ella la que tendría una manta de tierra encima al acabar el día.

Avanzó con cautela, estaba llegando a la entrada del primer portón y necesitaba despejar su cabeza de malos presentimientos para concentrarse tan solo en seguir con vida, aunque sólo fuese un caluroso y largo día de verano más.

En dos pasos se hallaría asomando la cara al interior del habitáculo, por lo que se quedó quieta, centrándose en escuchar algún sonido que le dijese qué estaba sucediendo allí dentro; no se oía absolutamente nada. Dio un paso adelante, volvió a pararse, intentando aguzar aún más el oído para captar el más leve de los sonidos. Siguieron unos segundos de incertidumbre, su entrenado oído le decía que allí dentro no había nadie, pero su instinto presentía que el peligro estaba ahí mismo.

Decidió jugársela, así que en vez de exponerse lentamente, correría hacia la otra parte del portalón; si estaba esperándola, su carrera le impediría que se le echase encima con rapidez, calculaba que con su agilidad le daría tiempo a darse la vuelta y empezar la pelea cara a cara.

Retrocedió un par de pasos y flexionó ligeramente el cuerpo, soltó todo el aire por la boca y corrió con todas sus fuerzas; sus ojos buscaban cualquier signo de que aquella loca se le fuese a echar encima, pero no, llegó al otro lado sin ninguna incidencia. Se paró en seco y con más calma miró al interior. No había nadie, estaba completamente vacío; esta vez su instinto no era el acertado, quizás los nervios le estaban fallando. Recorrió todo el habitáculo una vez más con sus ojos, y pasándose la lengua por los acartonados labios; decidió seguir, ya sólo quedaban dos posibles lugares donde encontrarla.

Siempre disfrutaba jugando, desde pequeña su amor al juego fue muy intenso. Concentrarse en algo que no estuviese relacionado con la diversión y el entretenimiento le suponía una gran dificultad; su mente imaginaba constantemente formas de pasarlo bien, y por suerte, en el seno de su familia eso nunca suponía un problema, excepto en contadas ocasiones, en las que algún mal momento nublaba la alegría que con normalidad reinaba en su casa.

“Estoy divagando”, se dijo mientras se acercaba silenciosa al que podía ser el instante más dramático de su vida, no podía dejar de pensar en aquellos a los que más quería y echaba tanto de menos. “Concéntrate”, se impuso a sí misma, “ahora sí que te la juegas.” Sonrió ante su eufemismo, eso era jugar, pero a vivir o a morir. “No más descentrarse, si sobrevives, ya habrá tiempo de volver a pensar en juegos.”

Se le echó encima. Antes de que tuviese tiempo de reaccionar, la otra, como una centella, había salido y había cargado contra ella. Tal vez esos instantes de andar con los pensamientos en otro sitio la distrajeron, dándole una ventaja de anticipación a su adversaria, o tal vez la otra había sido muy rápida.

La tremenda embestida la hizo caer de lado, intentó patear hacia arriba para poder quitársela de encima, pero el golpe en la cara la había dejado medio aturdida, sus intentos de golpearla estaban dando nulo resultado. Forcejeaba revolviéndose para ambos lados mientras luchaba por reponer sus cinco sentidos después del atontamiento inicial, tenía que salir como fuera de debajo de aquella desequilibrada.

Intentaba que sus patadas fueran más fuertes, sus constantes movimientos todavía no habían permitido a la otra que le asestase ningún otro golpe. La lucha se desarrollaba en un intento desesperado por conservar la ventaja inicial la una, y por lograr recuperar la igualdad la otra.

Pero se sentía impotente, hasta ahora la había mantenido a raya pero empezaba a notar que le faltaban las fuerzas; llevaba demasiado tiempo sin dormir ni comer, y la tensión acumulada por todo lo sucedido en este momento le estaba pasando factura, haciéndola flaquear en su propósito de sobrevivir.

Fue consciente del dolor, notó cómo manaba su sangre, por fin la otra había encontrado un hueco, y con fuerza desmedida logró herirla. Se oyó a sí misma aullar, por encima de los gritos de su enrabietada contrincante, que buscaba el resquicio para asestar el golpe definitivo. Pero no le iba a permitir a aquella loca ni una más, ahora llegaba el momento de sacar sus últimas fuerzas e intentar salir de aquella situación, “o moriría”, pensó.

La otra se había ofuscado tanto en el ataque que su reacción de pasar a la ofensiva la pilló desprevenida. “Tenía que haberlo hecho antes”, se dijo. La cogió con fuerza y no la soltó hasta notar que la otra retrocedía chillando.

Logró incorporarse mientras en su boca notaba el sabor amargo de la sangre de su enemiga; frente a frente, por primera vez vio en aquellos ojos, desorbitados por la furia, el miedo a perder, y decidió pasar al ataque con todas sus fuerzas.

Se lanzó sobre ella haciendo un quiebro y así atacarla por su costado herido, mientras a sus oídos le llegaban gritos lejanos; debían de ser los guardias, que habrían visto la pelea y se acercaban para intervenir. Logró engañarla y con un fuerte golpe la derribó, se puso sobre ella y se dispuso a terminar con la vida de aquella desgraciada.

Lo oyó y se detuvo, advirtió una voz conocida. Estaba sobre su enemiga preparada para rematarla, pero aquella voz amiga le gritaba desde lejos que se quedara quieta, que no lo hiciera. Sus ojos permanecían fijos sobre la otra, todo su cuerpo en tensión, cada músculo dispuesto para acabar con el enfrentamiento de una vez por todas.

Notaba el paladar reseco, el aire que respiraba quemaba, toda la furia de la pelea dejaba en ella unas sensaciones de agotamiento físico que, en poco tiempo, la dejarían totalmente extenuada. Estaba harta de aquella pelea absurda, la primera de su vida, y el sonido cada vez más cercano de la voz de su querido amigo le hicieron tomar la decisión de terminarla.

Retrocedió dejando libre a su herida adversaria, lentamente giró la cabeza hacia el lugar del que procedían las voces, y una sonrisa se dibujó en su hermoso rostro.

A pesar de que su corazón le pedía iniciar una loca carrera para reunirse con su familia, sus músculos no le respondieron: primero se sentó y luego cayó de costado, se encontraba sin ningún resto de energía. Los veía acercarse, pero el único gesto que pudo hacer fue extender su mano en busca de la de su mejor amigo, que corría hacia ella y del que ya sentía su olor, su calor.

Sus ojos semiabiertos se volvieron para mirar atrás. En la distancia se quedaba aquel lugar horrible del que había salido con vida de puro milagro. Un cartel pasó ante sus ojos, aunque ella no entendía lo que en él ponía: PERRERA MUNICIPAL

Majadahonda, 29 de julio de 2007