Córdoba es una ciudad de incuestionable belleza; para un escritor, sus estrechas calles, protegidas del sol, incitan a dejar volar la imaginación sobre lo que podría ocurrir en ellas.

En mi última visita el pasado mes de junio, lo que despertó mi incansable mente de narrador fue ver a una mujer joven, vestida de amarillo y que paseaba sola, entrando en uno de los patios del barrio del Alcázar viejo.

Pasé de largo aunque algo se encendió en mi cabeza, me volví para quedarme con la imagen y pensé: “Imagina que esa mujer ya no sale de esa casa…”